Un sábado por la mañana, tirando ya hacia el mediodía, Raquel despertó después de una noche de fiesta y una fuerte borrachera, miró su reflejo en el espejo y junto al rimel corrido de sus pestañas y sus labios todavía con algo de color, aunque lejos del rojo pasión que lucían la noche anterior, descubrió algo nuevo. Miraba y miraba, pero todavía había algo extraño en esa imagen reflejada. Le faltaba algo.
Examinó detenidamente su cara: dos ojos de color marrón café, una nariz fina y agujereada con el piercing, los labios ligeramente coloreados, todos los dientes, tenía cejas –lo que le recordó que tenía que depilárselas -, las pestañas desteñidas… Estaba todo. Aún sin saber dónde residía la diferencia del yo del resto de los días, siguió buscando más allá de su rostro. El pelo, a pesar de estar totalmente despeinado, estaba en su lugar, con su color castaño claro habitual e igual de largo que el día anterior, el largo cuello blanco seguía conservando sus pecas, alineadas de forma calculada a pesar de ser algo totalmente incontrolable, los brazos y piernas en su lugar; el pecho seguía en su sitio, con la misma voluptuosidad habitual, la barriga estaba allí, también con su gracioso movimiento habitual –tengo que hacer dieta pensó en ese momento, y se rió viéndose a sí misma repitiendo unas palabras que años antes había oído decir a su madre.
De repente, de la risa pasó al pánico, al miedo irreprimible, incluso fobia diría yo que le entró al percatarse de lo que le hacía diferente: ¡había perdido los últimos resquicios de su niñez y ni siquiera había tenido tiempo de despedirse de ella!
marzo 2, 2009 a las 10:52 pm
Precisamente hoy pensaba en que es una pena que la niñez se vaya para no volver. ¡quiero mi niñez! ¡que me devuelvan mi niñez! …o no respiro
(creo que la estoy recuperando…)