Lucidez extraviada

¡Cállate! No sabes lo que dices, tenía que hacerlo… Me estaba poniendo nerviosa. ¡Si lo hubieses escuchado tú durante todas esas noches, habrías hecho lo mismo! Si me quiero morder las uñas, me las muerdo y si quiero me muerdo los dedos, ¿lo ves? Sí, hasta que me sangren y te duelan a ti también. ¡Que me dejes! Nadie tiene por qué saberlo. Nadie lo sabrá. Me ponía nerviosa. Esa respiración tan fuerte y sus sueños eróticos. Me daba igual lo que hiciera con su vida, ¿pero tenía que tener erecciones durmiendo junto a mí? Sagrado matrimonio… Cuando me casé nadie dijo nada de estar obligada a tener sexo con alguien que respira así. ¡Que me dejes! ¡Sal de mí de una puta vez! ¡Vete de aquí! Te voy a sacar aunque me tenga que cortar la cabeza, aunque tenga que sacarme los ojos para no verte más, aunque tenga que clavarme destornilladores en los oídos para no oírte jamás, aunque tenga que disparar, aunque tenga que apretar este gatillo… ¡He dicho que salgas de…

Se le escapó

Un sábado por la mañana, tirando ya hacia el mediodía, Raquel despertó después de una noche de fiesta y una fuerte borrachera, miró su reflejo en el espejo y junto al rimel corrido de sus pestañas y sus labios todavía con algo de color, aunque lejos del rojo pasión que lucían la noche anterior, descubrió algo nuevo. Miraba y miraba, pero todavía había algo extraño en esa imagen reflejada. Le faltaba algo.

 

Examinó detenidamente su cara: dos ojos de color marrón café, una nariz fina y agujereada con el piercing, los labios ligeramente coloreados, todos los dientes, tenía cejas –lo que le recordó que tenía que depilárselas -, las pestañas desteñidas… Estaba todo. Aún sin saber dónde residía la diferencia del yo del resto de los días, siguió buscando más allá de su rostro. El pelo, a pesar de estar totalmente despeinado, estaba en su lugar, con su color castaño claro habitual e igual de largo que el día anterior, el largo cuello blanco seguía conservando sus pecas, alineadas de forma calculada a pesar de ser algo totalmente incontrolable, los brazos y piernas en su lugar; el pecho seguía en su sitio, con la misma voluptuosidad habitual, la barriga estaba allí, también con su gracioso movimiento habitual –tengo que hacer dieta pensó en ese momento, y se rió viéndose a sí misma repitiendo unas palabras que años antes había oído decir a su madre.

 

De repente, de la risa pasó al pánico, al miedo irreprimible, incluso fobia diría yo que le entró al percatarse de lo que le hacía diferente: ¡había perdido los últimos resquicios de su niñez y ni siquiera había tenido tiempo de despedirse de ella!

Llegia per mi

No sé quan va començar… Un dia la vaig veure asseguda a aquell mateix lloc, amb aquesta mateixa llum que tenim ara i em vaig enamorar. Semblava fràgil, com mancada d’una bona abraçada, d’un suau petó matiner, d’una carícia a l’esquena… I jo vaig desitjar poder-me llevar amb ella i fer-li una abraçada i un bon petó a la galta i d’acariciar-li l’esquena…

Crec que estava asseguda allà perquè jo la mirés, perquè em volia fer saber que existia vestint aquella faldilla blanca amb les flors blaves, les xancles vermelles i aquella samarreta blanca lligada al coll. Llegia a García Márquez, llegia i se li dibuixaven tota mena de ganyotes involuntàries. Per un moment em va semblar que fins i tot sabia quina part del llibre llegia per la claredat dels seus ulls.

La vaig estimar tant en aquell instant, que vaig anar-hi cada dia només per veure-la llegir. Cada dia sortia de treballar i em recolzava a aquella mateixa barana per poder-la mirar. Sé que ella hi anava per mi, sé que llegia només per deixar-me veure aquelles carones que feia.

Un dia va arribar aquell xicot amb els cabells desendreçats, uns texans qualsevols i un altre llibre a la mà. Li va ensenyar alguna cosa dins del llibre i me la va prendre. Se li va il·luminar la cara, com si de veritat estigués joiosa de veure’l i no va tornar mai més a asseure’s en aquell banc.

Jo hi vinc cada dia. Encara espero que perdi la por de trobar-se’l de nou i que torni a llegir per mi.

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