Aeropuerto

 

CAPÍTULO I

Está sentada en uno de los tantos asientos que hay a la puerta de las llegadas internacionales. Lleva sentada allí desde las nueve de la mañana, observando a toda clase de viajeros y personal del aeropuerto.

Los de los puestos de alrededor, las primeras dos horas la miraban con desconfianza; ahora ya se ha vuelto invisible a sus ojos. Lleva siete horas sentada, sin hacer nada. De vez en cuando hojea una revista que se ha comprado en el quiosco; de vez en cuando cambia de posición o coge un poco más fuerte el bolso.

Lo mira todo, lo devora con los ojos, esos que tantas veces le habían dicho que podían matar. Ante ella se exponen todo tipo de escenas. Los hay que llegan en busca de aventura, ya sea en grupos o individualmente. Cada uno de estos, busca un tipo de aventura distinta, está claro. Se ve a veces reflejada en algunas de esas caras que vienen no sólo en busca de una ciudad, sino de una experiencia que guardar. Así llegó ella a esta ciudad: con expectación, algo de miedo y muchas ganas de vivir.

Hay veces que los que llegan se reúnen con alguien que les espera y les reciben con abrazos, besos, con mil y una formas de cariño y afecto. Hay veces que en esas afecciones se lee el tiempo que llevan sin verse, y ella, a pesar de llevar siete horas viendo el mismo tipo de espectáculo, se emociona cada una de las veces que ve una escena similar.

Las maletas que llevan algunos son enormes, pesadas, pero van cargadas de vidas nuevas; eso lo sabe ella también. Son las cuatro y tiene hambre; no ha pensado en cogerse nada para comer. Tal y como se ha levantado esta mañana, se ha duchado, ha desayunado, ha cogido el bolso y ha ido al aeropuerto. Cuando se ha visto allí, se ha sentado en unas sillas que ya había probado antes y sin pensar en más, se ha decidido a esperar nada en particular, una persona en especial hasta que su cuerpo o, más probablemente, su mente dijera basta.

Se levanta sabiendo que los vuelos que acaban de llegar tienen su origen en África y en Europa del este. Se dirige en primer lugar al baño; lleva siete horas sentada y no puede más. Luego piensa en comprarse un bocadillo de esos preparados en el mismo quiosco donde se ha comprado la revista al llegar. Los dependientes no son los mismos. Se decide por una baguette de bacon y pollo, con una hoja de lechuga que se supone que es el toque sano del bocadillo y mayonesa. Desearía tanto poderse comer un bocadillo de pan con tomate y queso manchego… Se le hace la boca agua sólo pensando en ello.

Con el bocadillo en mano y una botella de agua en el bolso, vuelve a la zona de espera. Los del café Costa la vuelven a mirar extrañados. Ella sabe que la miran, pero lo que en cualquier otro momento le haría sentir incómoda, ahora no le importuna lo más mínimo. Tiene demasiadas cosas en la cabeza y muchas imágenes delante que observar.

Se come bastante a gusto el manjar del que se ha provisto en la tienda. No se lo habría comido de tan buena gana en su ciudad natal, pero esta ciudad no es como la suya; tiene grandes cosas, pero la gastronomía no es su fuerte a pesar de contar con cientos de restaurantes y de insistir en que tienen de todo, ella está convencida que esta gente no sabe comer. Se ríe por dentro y sonríe por fuera viendo todo lo que piensa mientras engulle la baguette en boca de su abuela. Será genético, piensa.

Pasan un par de horas más; se levanta y entra en la zona del café Costa. La miran, se miran entre ellos y, finalmente, un chico bastante lanzado y con un inglés aún más dudoso que el suyo, le atiende y le pregunta:

¿Qué haces aquí?

Esperar.

¿A qué?

A un vuelo.

¿Alguno en concreto?

El que me traiga a quien quiero ver.

Con esta breve charla y el capuccino en las manos, se vuelve a sentar y vuelve a adentrarse en las vidas de todos aquellos que llegan, o de aquellos que, como ella, esperan.

Han pasado ocho horas y media desde que llegó. Está cansada y sabe que no va a llegar. Mete la botella de agua en el bolso, se pone la chaqueta, enrolla la revista y se va al aparcamiento a coger el autobús de vuelta a la ciudad.

CAPÍTULO 2

Tras unos minutos en la cola esperando a coger el autobús, se monta y se ve rodeada de gente acabada de llegar a la gran ciudad, la mayoría de ellos turistas españoles que han venido desde Madrid por lo que deduce de algunas de las conversaciones a su alrededor.

Ha conseguido sentarse en el lado de la ventana y el asiento contiguo lo ocupa un hombre de mediana edad evidentemente inglés. Al parecer viene de un viaje de negocios, o eso es lo que le parece a ella por el traje que lleva si es así, no entiende por qué coge un autobús para ir a la ciudad, pero está cansada para imaginar otras posibilidades sobre su vida. Apoya la cabeza sobre la ventana, cierra los ojos y siente como poco a poco le invade una nostalgia que no esperaba.

De repente se acuerda de todos y cada uno de los que fue viendo el último día en su ciudad, de las despedidas, de los ánimos que le dieron, de lo mucho que le quieren y lo mucho que les quiere ella a todos ellos. La sensación de desamparo es más poderosa de lo que recuerda haber vivido en todos estos meses en su nuevo hogar.

Las lágrimas ruedan por su cara y no le importa que el resto de gente del autobús le puedan ver. Es una sensación amarga, pero a veces necesaria para darse cuenta de lo afortunada que ha sido siempre al tenerlos a todos, a pesar de enfados, a pesar de las diferentes etapas por las que ha llegado, a pesar de las distancias.

Ya no son todas aquellas personas las que invaden sin permiso su cabeza; ahora es esa persona a la que ha estado esperando en el aeropuerto durante horas y echa de menos sus abrazos, echa de menos que le rasque la espalda a la hora del café, echa de menos verla por detrás mientras cocina y ella va a por los cubiertos para poner la mesa, echa de menos esos domingos siendo pequeña, en los que se despertaba oyéndola cantar Ojalá que llueva café mientras pasaba el aspirador.

Recuerda levantarse con su hermana pequeña y asomarse desde la esquina del pasillo en forma de “L” para verla en su mundo con los cascos puestos y bailando con el mango del aspirador en la mano. Se reían de la escena a pesar de odiar despertarse por el ruido del aspirador. Ambas adoraban esos momentos de espías desde el oscuro pasillo.

Entre las lágrimas se asoma una sonrisa cubierta de muchos otros recuerdos y en este mar de sensaciones se envuelve y logra dormir algo más de media hora hasta que llega a su destino, donde no le queda más remedio que abrir los ojos, bajarse del autobús e ir a por un segundo autobús ya dentro de la ciudad; esta vez para dirigirse a su casa, o a la casa que contiene la habitación que alquila desde hace unos meses ya.

CAPÍTULO 3

Sube a uno de los autobuses que le llevan al centro. No sabe si hay algún otro que le lleve directamente a su casa, pero tampoco tiene ganas de ponerse a investigar: es tarde, llueve y está cansada.

El metro habría sido la opción más rápida si no fuera porque hace algo así como dos semanas que decidió coger el bono mensual de autobús porque le salía cuarenta libras más barato que el que incluye metro y bus. Son cuarenta libras al mes, pero necesita empezar a ahorrar algo, en vez de gastar todo lo que gana.

A sus espaldas se sienta una pareja de drogadictos. No están haciendo nada del otro mundo, no están molestando a nadie, pero se les ve en la cara, en los dientes casi perdidos y los rostros demacrados. Demasiadas drogas y ve a saber qué más. A decir verdad, prefiere a los drogadictos metidos en su mundo que a los locos metidos en el mundo de los demás. Locos que se encuentra cuando tiene que coger el segundo autobús; el que le lleva definitivamente a casa.

Hay algo en ese tramo que atrae a dementes. Siempre -absolutamente siempre-, hay al menos uno o dos locos hablando a gritos, compartiendo las desgracias habidas y por haber, intentando coincidir con una mirada ajena, quizás para poder conversar y fingir ante ellos mismos que son normales por unos instantes, o quizás para empezar una disputa culpando al otro u otra de un mal gesto o una mala mirada, cualquier cosa que les permita pelear cuando tienen los cables cruzados.

En este último trayecto se encierra en sí misma y evita miradas; sabe que es lo más prudente en esta ciudad, sabe que que si le hablan, lo mejor es seguir sumida en su mundo o dar una vaga respuesta, con una cara neutra y sabe que si alguien busca miradas, ella tiene que ir lo más lejos que sea posible de esa persona. Son tonterías, pero así se siente más segura.

Logra sentarse a medio camino y ve pasar por la ventana toda la ciudad a oscuras. Sigue habiendo vida, sigue la juventud con ganas de fiesta y los hombres de negocios empiezan a coger las maletas para irse a casa con algunas copas de más encima. Eso se lo conoce bien porque normalmente es ella la que sirve a esos hombres y mujeres de negocios, esos que miran por encima del hombro, pero que no saben situar su propia ciudad dentro de un mapa ni deletrear muchas de las palabras de su propio idioma. Salen de trabajar y entran al pub para emborracharse; no para ir a tomar algo con los amigos, sino para beber hasta emborracharse y así tener una excusa al día siguiente para haber dicho lo que quiera que suelten o para haber actuado como lo hicieran la noche anterior.

De nuevo le vienen a la cabeza las noches de los viernes y sábados, saliendo con sus amigos, con ganas de charlas, risas y pasarlo bien. Y las tardes de los domingos en casa, jugando a las cartas, apostando pesetas y más tarde céntimos, riéndose con toda la familia después de comer, haciendo trampas y usando ventanas y gafas para ver las cartas de los demás. En realidad, en casa nunca le ha hecho falta demasiado para pasarlo bien; si algo le han enseñado es que se puede disfrutar con cualquier cosa siempre y cuando estés a gusto con la gente que te rodea. Se ríe a solas recordando la lentitud de su tía jugando a las cartas, o las trampas de su padre o su tío. Se ríe recordando a su abuela sentada en el sofá estudiándose las revistas del corazón.

Seguro que han estado todos reunidos hoy y han hecho todo esto sin ella, seguro que han tenido un día genial, que se han reído, que han comido pastel y han jugado al remigio, al treinta y uno, al siete y medio…

De nuevo le echa mucho de menos y entre las risas, se le asoman las primeras e inevitables lágrimas. Hoy la loca del autobús es ella, por mucho que le pese.

CAPÍTULO 4

Ha llegado a su parada. Se levanta intentando no pisar a ninguno de los chavales que ocupan con las piernas estiradas parte del pasillo del autobús. Cuando el vehículo para, baja con otros tres chicos más que la miran e intentan cruzar las miradas para posiblemente dedicarle un guiño o intentar establecer una conversación corta e insulsa para ligársela.

Ella, ya acostumbrada a este tipo de acercamientos muy normales en esta ciudad, fija la mirada en la tienda de la esquina y camina con paso firme y decidido hacia ella ignorando todo lo demás.

Necesita comprar fruta; solo le queda una manzana en la nevera. Es curioso, porque cuando estaba en casa no comía apenas fruta. Era quizás el hecho de que se lo repitieran continuamente y fuese una obligación más que un placer o una mera posibilidad a escoger. Desde que se vino a vivir a esta casa, cada semana compra un par de bolsas de fruta: manzanas, plátanos, nectarinas, fresas… Todo depende de lo que le apetezca el día que la compra y de las pintas que tengan los alimentos; lo cierto es que come un par de piezas de fruta al día y le apetecen, no le supone ningún esfuerzo comérselas.

El dependiente de la tienda ya la conoce, le pregunta qué tal todo y se sorprende al verla tan temprano. Por norma general, va a comprar la fruta al llegar de trabajar, cuando sale el pub y coge el último autobús de camino al barrio turco, donde reside.

Con las bolsas llenas, sale de la tienda y empieza a caminar por su calle. Cruza y recuerda que el primer día que pasó en su nueva casa, fue a comprar todo lo que necesitaba, desde comida a gel de baño y cuando salió del supermercado descubrió que no podía con todo aquel peso. Tuvo que parar al menos cinco veces antes de llegar a su calle, porque llevaba demasiadas bolsas con demasiado peso y le estaban destrozando las manos. Cuando logró llegar al principio de su calle, hizo otra parada para recobrar el aliento y un chico se ofreció a ayudarle. Era polaco y le contaba que llevaba allí unos meses, que vivía solo y que le iba bien hablar con alguien más que no fuera de su trabajo. El hombre trabajaba conduciendo algo así como una grúa ella no llegó a entender exactamente lo que era y ganaba dinero para enviárselo a su familia y así algún día tener una casa decente en Polonia. Al parecer es algo habitual; muchos polacos vienen a la ciudad a trabajar una burrada de horas y así poder ahorrar algo de dinero para llevar una vida digna cuando vuelvan a casa.

Es una pena que no le haya vuelto a ver, y eso que viven en la misma calle. O quizás es que no le ha reconocido al cruzarse con él. Desde luego, le pareció un buen hombre y llegó en el mejor momento, cuando pensaba que sus manos ya no iban a responder.

Esta vez, con tan solo dos bolsas, llega a casa, guarda la fruta en la nevera y sube a su cuarto. Deja la chaqueta en el colgador que hay detrás de la puerta, se quita las bambas y se pone las zapatillas. Mira la agenda abierta sobre la mesa y ve una vez más que en el día de hoy, diez de agosto, hay en letras grandes, mayúsculas y rojas una palabra seguida por tres signos de exclamación: MAMA.

Coge su móvil español y hace una llamada perdida a su madre para que le llame de vuelta. Hace meses, en su casa contrataron un servicio para que las llamadas al extranjero les salieran más baratas y así poder hablar con ella cada vez que fuera posible. Es la única manera de sentirlos cerca aún sabiendo la de kilómetros que la separan de sus padres y su hermana.

CAPÍTULO 5

¡Holaaaa! ¡Felicidades! ¿Cómo va el día? ¿Estáis todos ahí? Ya, ya suponía que estaríais allí. ¿Os ha hecho buen día? Qué envidia… Seguro que se ha metido en la piscina hasta la tía. No, aquí todavía llueve. No, no es que haga frío, pero es que se empeñan en llamar verano a semanas y semanas de lluvia. Ni siquiera han visto el sol hoy y van todos con las chanclas y los tirantes. Jajaja, no, yo todavía no he llegado a esos niveles, las chanclas me las pongo por casa para tener presente que en casa es verano.

¿Qué te han regalado? ¡Ah! Qué chulo, envíame las fotos cuando puedas. Eso quién, ¿los tíos? ¿Están los primos ahí también? ¿Quién ha mojado a la yaya? Le habrán estropeado la permanente.

Sí, ya voy buscando información para el viaje, cuando pueda te la envío y así la tienes imprimida cuando nos juntemos. Creo que tendré que dormir en el aeropuerto, porque el vuelo es muy temprano y si tengo que coger todos los autobuses nocturnos, no sé si me saldrá a cuenta pasar por casa. Sí, podría coger un taxi, pero es súper caro, así que tampoco me sale a cuenta. No sé, ya veré qué hago. Lo más probable es que tenga que investigar las opciones el día de antes y me acabe comprando un libro para leer en el aeropuerto si no me duermo. Que sí, que tendré cuidado, no te preocupes.

No, de momento no me han contestado de ninguno de los sitios a los que he enviado currículos, pero sigo probando. La semana que viene creo que vuelve la mujer aquella que me contactó y dijo que estaba interesada en mí, pero no estoy segura. Ya veremos.

¿Qué se oye de fondo? Diles que no armen tanto jaleo, que no me entero si están gritando los dos a la vez. Sí, yo también os echo de menos. Vale, que acabe bien el día; yo me iré a dormir ya, que se me ha hecho tarde y mañana tengo el turno de mañana. No, no he cenado, pero tampoco tengo hambre. Que nooo, no te preocupes, que no paso hambre.

Buenas noches, mama. Nos vemos pronto. ¡Feliz cumpleaños! Un beso.

Cuelga el teléfono y aún sentada en el cuarto vacío, cierra los ojos, llora una vez más, se lleva las manos a la nuca, se tumba sobre la moqueta y piensa en lo bien que se lo habría pasado de haber pasado el día con ellos; en lo mucho que le ha echado de menos hoy y en lo poco que se lo dice sabiendo que lo necesita ella también.

Piensa en la carta que tiene sobre el escritorio. Se la iba a enviar, pero al final se quedó en casa y ahora ya es tarde para mandársela. Lo que quería es que la recibiera el mismo día de su cumpleaños, pero no compró los sellos a tiempo y se ponía excusas a sí misma pensando que no sabía cuánto tardaría en llegar. Era una carta bonita, seguro que a mamá le habría gustado, pero ya es tarde; posiblemente ronde por la habitación unas cuantas semanas, para acabar guardada en la carpeta azul, junto a tantos otros recuerdos.

 

 

 

 

PD. La última parte del texto, que no está aquí, es la carta no enviada. Ha sido la única manera de darle mi regalo a mi madre a distancia… El primer año en mi vida que me pierdo el cumpleaños de mi madre.

Mundos de fantasía

Tengo un hada que guarda la puerta de mi habitación. Desde que está aquí, volando alrededor del pomo de la puerta, me siento segura; duermo del tirón, no estoy tan cansada y sé que ella lucha contra los duendes y trolls que quieren sentarse sobre mi pecho cuando descanso para dificultarme la respiración.

Tengo un hada con una falda amarilla, color de la amistad según Van Gogh, que a pesar de no tener polvos mágicos para hacerme volar como Campanilla a Peter Pan, despierta mis sentidos y mi imaginación. Es un ser diminuto con el poder de una ninfa, como las que encierra Neil Gaiman en una de sus entregas de The Sandman; sólo que esta es libre de salir y entrar cuando guste. Hoy me susurra al oído que escriba; mañana quizás me diga que retome el lápiz y cree sobre el papel un mundo de fantasía en el que vivir.

Tengo un hada con la que he visto una película preciosa, de esas que hacen desear con todas las fuerzas volver a tener ocho años para poder crear y vivir en un mundo de ilusiones creadas por mi propia mente y que esas ilusiones te lleven lejos, a olvidar todo lo demás.

 

[Bridge to Terabithia: es una película muy bonita para aquellos que tengan imaginación y les guste dejarse llevar sin cuestionar todo, sólo vivir lo que se les ofrece]

Crap week

Lunes: Homesick. Stui no trabaja. Joana tampoco. Día largo, larguísimo. Chris logra sacar ánimos de la nada.

Martes: Homesick again (con algo menos de bajón). Gracias que Chris sigue ahí. ¿Quién me iba a decir que un jefe iba a alegrarme los días? De nuevo, ni Joana ni Stuart trabajan.

Miércoles: ¿Cómo puede haber una semana tan sumamente larga? Llevo ocho días trabajando sin librar. Estoy sumamente cansada tanto física como anímicamente. Sigo teniendo a Chris.

Jueves: Día libre. Estoy molida. Duermo hasta tarde. Envío algún CV. Hablo con mis padres. Me voy al cine con Mireia para ver una película que normalmente no pagaría por ver, pero me río y paso una tarde agradable. De vuelta a casa paso por el súper para hacer la compra de la semana. En casa ceno, veo la tele un  rato y me acuesto.

Viernes: Día libre. Tiene que ser mi día. Horas en casa perreando. A las seis estoy lista, monísima para salir de fiesta y pasármelo en grande, porque me lo merezco. Mi amiga y yo bebemos en Waxy O’Connor’s, nos reímos un rato. Decidimos ir a bailar. No se nos ha unido nadie más. Entramos gratis al Walkabout, que todavía está casi vacío. Se llena poco a poco. Mi amiga está ligando con todo quisqui. Ya está borracha. Se lía con un australiano. Su amigo calvo quiere ligar conmigo. Mi amiga baila y da codazos involuntarios a la gente. Me tira parte de su cerveza encima. No se entera de lo que hace. Yo pido perdón a los que reciben los codazos. Mi amiga ve que me rodean los tíos porque me ha dejado sola. Cambiamos de sitio. Intentan rodearnos de nuevo. Cambiamos de sitio. Otro calvo aparece de la nada. Cambiamos de sitio. Mi amiga me echa por segunda vez cerveza encima, esta vez sobre el vestido y es la cerveza de otra persona. El recogevasos italiano se lía con mi amiga. Me rodean los buitres de nuevo. Mis límites se han sobrepasado. Necesito volver a casa y dar por terminado el día. Nos subimos en un autobús y nos bajamos dos paradas después porque mi amiga se siente rara. Andamos un par de paradas para que se airee. Nos subimos en el segundo autobús y nos volvemos a bajar unas tres paradas después. Andamos unas cuantas paradas y vemos pasar tres autobuses llenos que pasan de pararse. Decidimos comer algo. Cogemos por fin el autobús a casa. El día ha terminado.

Sábado: Duermo. Hablo por el messenger. Hablo por teléfono con mi familia. Cocino algo. Como y veo la tele. Me voy a trabajar.

Domingo: Estoy muy cansada. Llueve. No tengo ganas de ir a ver el Taste of Spain en Regent Street, donde bailan sevillanas. Prefiero quedarme durmiendo. Desayuno. Veo la tele. Como. Hablo por el messenger. Me voy a trabajar. Seis horas en la barra de arriba con un compañero que está enamorado de mí y que no me habla porque sufre. Una jornada interminable. Limpieza, autobús y a casa. Doy por zanjada la semana.

Ayer soñé

Ayer soñé y a pesar del cariño que siento por este verbo, lo pasé fatal.

Soñé que un enano gordo, sucio hasta los extremos e increíblemente apestoso me perseguía desnudo con una espumadera para pegarme. Sí, el sujeto en cuestión en mi sueño se suponía que era el hermano de un compañero del pub, que debido a su pestilencia y a su locura (porque estaba loco), me vi obligada a echar de mi casa, donde se estaba quedando a dormir (sigo hablando del sueño). Se había metido en mi saco de dormir sin ropa, sin ducharse, con la piel negra sin ser ese su color natural y empezó a desvariar escupiendo con cada palabra que salía de su boca.

Mi hermana, presente en tal espectáculo estaba boquiabierta (o lo habría estado si no fuera por el aroma que desprendía el enano), y yo que entre ascos y asombro, pude decir: get out of my house now!, me vi por unos segundos amenazada. Ese enano salió del saco, se sacó la espumadera de vete a saber dónde y me persiguió para pegarme con ella. Yo no hacía más que correr, gritar y tener arcadas hasta que mi padre salió de un lavabo aparecido de la nada e intentó detenerle también entre arcadas.

Yo, que para entonces estaba agotada de huir de un enano apestoso, me medio desperté y la somnolencia trajo a mi mente las historias africanas que estudiamos en Antropología. Me acordé de esos duendes y esos seres diminutos que se apoderan de tus sueños y te dificultan la respiración mientras duermes. Además sonaban los ratones que aparentemente tenemos en el trastero de casa ahora y yo asocié los sonidos a los duendes y el enano. Estaba tan cansada que lo único que pude pensar para deshacerme de todos ellos era coger el edredón que tenía a los pies de la cama y tirar de él hasta cubrirme entera. El caso es que el edredón debía de estar enganchado en algún sitio y por más que estiré, no logré desengancharlo. Eso sí, en uno de esos impulsos para hacerme con el edredón, mientras pensaba que un enano africano estaba tirando de la otra punta, mi mano resbaló y de la fuerza que estaba haciendo para cogerlo, se fue directamente a mi cara, concretamente al ojo. Total, que ya frustrada, traumatizada y cansada de enanos y edredones, me volví a tumbar en la cama con lo que creía que era un ojo menos en mi cara (por favor, qué daño me hice!!!) y me dormí sobre las sábanas sin cubrirme por si los duendes decidían seguir riéndose de mí.

Ahora recuerdo el episodio y me río, pero ¡qué mala noche he pasado! Los enanos en mis sueños no son buenos, todos me persiguen y me dan miedo.

Video

Me iba a la cama despues de haber pensado en una redecoracion de mi habitacion para sentirla mas mia, cuando de repente me descubro viendo el video por tercera vez desde que llegue a Londres.

El video es una recopilacion de los cinco anyos que hace que conozco a las perdis, el grupo con el que por suerte me junto desde que empece la universidad. Son cinco anyos de fotos y musica, lo que me trae a la memoria tantos y tan buenos momentos que cuando me he dado cuenta tenia una amplia sonrisa en la cara y una satisfaccion impresionante por saber que sigo contando con ellas a pesar de esta pequenya traba que supone la distancia.

Es la primera vez que miro el video sin estar baja de animos, pues las cosas poco a poco van tomando un rumbo que me gusta, que me hace disfrutar. No se adonde voy exactamente, ni como acabare esta aventura, pero de momento estoy disfrutando en mi nuevo hogar, en mi nuevo trabajo, con la nueva gente.

Para aquellos que me leeis, solo deciros que seguire disfrutando de esto un tiempo mas, pero que con vosotros lo disfrutare el doble. Mi hermana y Carlos ya han pasado por aqui. Nuria y Laura estan apunto de hacerlo. La fecha se acerca y promete! Tengo muchisimas ganas de veros, de hablar hasta las tantas entre cervezas, cartas y cotilleos. Tengo ganas de oir cantar a Nuria, de escuchar a Laura decir lo que se le pase por la cabeza, de hablar sin tapujos de todo y de nada, de compartir esto con vosotras!

Prueba suuuuperada!

Esta semana ha hecho un mes que ando por tierras inglesas. Confieso que he pasado momentos dificiles; bueno, relativamente dificiles, la verdad sea dicha. He tenido un par de bajones por echar de menos a gente que hasta ahora era mas que habitual en mi vida, porque a pesar de estar en contacto con ellos mediante telefono o messenger, evidentemente, no es lo mismo (como diria Alejandro Sanz). A menudo me apetece dar dos besos cuando llego a casa, pero son caras ajenas a mi familia, los que reciben mis besos normalmente. A menudo me apetece coger el telefono y colgarme para hablar durante horas con mis amigos; cosa que aqui me saldria algo (muy) cara. Cada fin de semana me apetece enviar un mail o un mensaje para quedar en el centro, en Marina, en Leicester Square o en Picadilly Circus y salir a tomar algo con mis amigos, quedarme hablando con ellos hasta las tantas, cantar hasta que nos echen de un bar o bailar hasta que nos duelan los pies. Si, echo de menos muchas cosas y si, reconozco que esto no hace que mi primer mes aqui haya sido tan dificil, porque al fin y al cabo, encontre la casa en la primera semana y el trabajo en la segunda.

La casa, una casa apareada con moqueta por todas partes excepto en cocina y banyos. Una cocina estupenda, con tres neveras, con armarios y espacio suficiente para todos, con un pequenyo espacio para comer o cenar mientras se ve la tele o se habla con los companyeros de casa cuando se logra coincidir con ellos. La habitacion, pequenyita, pero con espacio suficiente y todavia pendiente de decoracion propia para hacerla mia; barata para ser una habitacion en la zona dos de Londres, en un barrio en el que siempre hay gente y en el que hasta el momento no he visto ningun tipo de problemas. Una zona bien comunicada con tres autobuses diarios y uno nocturno; con la parada de metro a diez minutos de casa andando por una via principal. Y bueno, seguramente lo mas importante de la casa, que hay buen ambiente general. Un sardo que se podria decir que casi me tiene adoptada, pues uso su ordenador para ponerme en contacto con vosotros, que de vez en cuando me lleva a descubrir algun rincon de esta ciudad y que me ha apoyado en esos pequenyos momentos de bajon en el que los lagrimones se hacian con el poder sobre mi cara; una polaca que me da informacion para que pueda conseguir un trabajo decente, que de mientras, me pone en contacto con amigos suyos para conseguir trabajos temporales que no me tengan anulada y que esta dispuesta a hacer que mi aleman mejore a cambio de que le ayude a mejorar su espanyol. Ademas de ellos dos, tres ingleses: dos chicas que no salen demasiado de las habitaciones, pero que son muy agradables cuando lo hacen y un ingles invisible, pero audible, cuya presencia se nota cuando pone la musica a toda pastilla a las once de la noche, cuando usa mi champu y lo deja en otro banyo o cuando esta haciendo gozar de lo lindo a su novia. Se podria decir que es una pequenya mota de polvo en esta foto de familia, pero que por suerte solo esta en casa dos o tres dias a la semana.

En cuanto al trabajo… Bueno, durante mi segunda semana aqui, fui a una empresa de contratacion y coincidio con que estaban haciendo entrevistas para una cadena de cafeterias. La mujer que me entrevisto en la empresa de contratacion estaba bastante contenta con mi curriculum y mi ingles (supongo que para llevar solo una semana aqui, porque lo noto oxidado y dificil de hacerlo rodar) y me envio directamente a hacer la entrevista con la gente de la cafeteria. Ellos me recibieron, me dijeron que estaban interesados en mi y dias mas tardes me hicieron una especie de prueba en grupo, supongo que ademas de para presentarme la empresa en si, para ver si funcionaba dentro de un trabajo en equipo. El caso es que la cosa fue bien y me cogieron, asi que unos dias despues estaba trabajando en dicha cadena. Para mi desgracia, empiezo a las seis de la manyana, lo que hace que tenga que estar en pie a las cinco. Como muchos sabreis ya, soy una persona que prefiere estar despierta hasta las tantas de la noche antes que madrugar. Las cinco es una hora muy cruel, y no lo digo solo yo, lo dicen las caras de la gente con la que voy en autobus cada manyana. Total, que cuando salgo de trabajar y cojo el autobus de camino a casa, me cuesta muchisimo mantenerme despierta, tanto que rara es la vez en que no me duermo ni un momento, y el resto de la tarde me lo paso dando cabezazos por toda la casa, incapaz de hacer nada de utilidad e incapaz de enviar cartas de presentacion decentes para conseguir un trabajo que me guste (porque pasarme cuatro horas haciendo ensaldas y bocadillos y otras tantas haciendo limpieza de la seccion no es plato de buen gusto para nadie, supongo).

Hace dos dias fui a un pub, en el que me recomendaron a traves de un amigo de la chica polaca de mi casa. Me dijeron que me cogian y que seguramente haria un horario de tarde-noche. Si, no es un trabajo mucho mejor, pero espero con mucha ilusion que el hecho de no tener que madrugar me permita moverme activamente por las manyanas y aprovecharlas al maximo para hacer todo lo que quiera y conseguir un dia de estos un trabajo decente, a ser posible en mi campo.

En cuanto a la gente… vine aqui conociendo apenas tres caras. Poco a poco he ido conociendo mejor a un par de ellas y, por suerte, hemos hecho buenas migas. Ahora salgo cada fin de semana con ellas y poco a poco conozco a gente nueva, algo que me encanta. Lo mio son las relaciones publicas y hablar sola por el mundo, que es algo que hago mucho ultimamente.

Y como puntos positivos que se acercan peligrosamente: mi hermana y su novio vienen la semana que viene y se quedan una semana! Ueeeeeeeeeee! Ademas, la semana que viene tengo la cita para que me den el National Insurance Number de una vez! Ueeeeeeeeee! La semana despues de que se vaya mi hermana, viene Carlos! Ueeeeeeeeee! Y a finales de abril, vienen Laura y Nuria, asi que doble Ueeeeeeeeeeee Ueeeeeeeeeeeeeee! Y de mientras, sigo descubriendo la ciudad!

En resumen, que hay algunos puntos negros en esta vida nueva que me he buscado, pero que por norma general, me puedo considerar mas que afortunada. Vamos a comernos Londres! Si, voy a hacerla mia, aunque sea desde trabajos explotadores XDDDD

Una semana en Londres

Puesto que apenas me he conectado a lo largo de esta semana (al menos para algo que no fuera buscar un cuarto), me propongo hacer un breve resumen de lo que ha sido este breve tiempo viviendo en el caos.

Hace dos domingos vine a Londres en un vuelo en el que el auxiliar de vuelo me hablaba y me preguntaba sobre mi vida. El resultado de esas conversaciones fue aterrizar en esta gran ciudad con un nuevo contacto que, todo sea dicho, no he utilizado. Me dejaba en el aeropuerto de Barcelona a cuatro amigos y a mi familia, casi todos llorando… y yo llorando como nadie, claro.

Tras esa despedida agridulce y un vuelo bastante entretenido, llego a Stansted, donde Tom esperaba mi llegada para mi alivio y el de mi madre. Maletas escaleras arriba, escaleras abajo, trenes, metros, calles desconocidas y un aturdimiento general de los sentidos. En fin, un poco de todo hasta llegar al fin al albergue; un sitio con luces de puticlub  para algunos y luces de fiesta a secas para otros. El caso es que estaba en mi albergue, con sus paredes de metal y un cuarto mixto para ocho personas en el que una de esas personas no se lavaba demasiado los pies y en el solo estaba yo como representante del sexo femenino. Bueno, personajes variopintos pululaban por el albergue, pero sin duda me quedo con los dos australianos con los que he convivido toda la semana (Anthony o Peter Pan) y Luke (o His Shadow) y con Lulu, una chica de Botswana feliciana como ella sola.

La semana se traduce en buscar de modo intensivo un  cuarto en un piso decente, con buena gente, en una zona agradable y a un precio razonable. Los resultados son: agotamiento mental, agujetas de ir de un lado a otro sin parar y felicidad absoluta al conseguir lo que andaba buscando.

Entre tanto piso y paseo, he podido ir de pubs, evidentemente, y hacer algo (muy poco) de turismo…  Las calles del centro las he recorrido todas a pie, llegando a la mayor parte de ellas por error, como viene siendo normal en mi persona. Harrod’s (me encanta la planta de los juguetes), Leicester Square, Covent Garden, Oxford Street, Trafalgar Square, Soho, Picadilly Circus (un hurra por la Picadilly line)…

Ahora vivo en una casa con internet (y yo sin ordenador XDDD) con un parque enorme a tres calles de distancia y un Sainsbury para dejarme las libras en comida, jabones, detergentes… Londres es genial, creo que es una ciudad que enamora y creo que a pesar de lo solo que se pueda sentir uno en determinados momentos (hasta ahora no he tenido este sentimiento muy pronunciado, la verdad sea dicha), es perfecta para sentirte vivo.

 PD. Es complicado encontrar tantas palabras que no necesiten acento en castellano.

Crucemos los dedos

Tras muchos meses retrasando mi partida y con los nervios a flor de piel, ha llegado el momento de irme. Queda menos de tres días para que empiece mi aventura por tierras inglesas; aventura que empieza con un billete de ida a Londres y diez días de albergue -sin duda, el acto más osado de mis 23 años de vida-.

Acabo de bajar la maleta del altillo y un nudo enorme se ha apoderado de mi garganta. Ya no soy dueña de mis reacciones, puesto que un cúmulo de sentimientos y sensaciones se han hecho con mi cuerpo, así que en los próximos dos días no respondo de llantos sin sentido, abrazos inesperados o momentos de empanamiento mental.

Doy por inaugurado un blog en el que, si todo sale bien, iré escribiendo sobre mi aventura en Londres, los desencantos y encantos de “mi” futura nueva ciudad, de las miserias en las que me meta y de todo aquello que se me cruce por la mente. Ahora sólo queda que crucéis los dedos por mí y deseéis con todas vuestras fuerzas que me salga bien; si no es por mí, hacedlo por vosotros, por tener un piso en el que caer si decidís viajar por esas tierras!