CAPÍTULO I
Está sentada en uno de los tantos asientos que hay a la puerta de las llegadas internacionales. Lleva sentada allí desde las nueve de la mañana, observando a toda clase de viajeros y personal del aeropuerto.
Los de los puestos de alrededor, las primeras dos horas la miraban con desconfianza; ahora ya se ha vuelto invisible a sus ojos. Lleva siete horas sentada, sin hacer nada. De vez en cuando hojea una revista que se ha comprado en el quiosco; de vez en cuando cambia de posición o coge un poco más fuerte el bolso.
Lo mira todo, lo devora con los ojos, esos que tantas veces le habían dicho que podían matar. Ante ella se exponen todo tipo de escenas. Los hay que llegan en busca de aventura, ya sea en grupos o individualmente. Cada uno de estos, busca un tipo de aventura distinta, está claro. Se ve a veces reflejada en algunas de esas caras que vienen no sólo en busca de una ciudad, sino de una experiencia que guardar. Así llegó ella a esta ciudad: con expectación, algo de miedo y muchas ganas de vivir.
Hay veces que los que llegan se reúnen con alguien que les espera y les reciben con abrazos, besos, con mil y una formas de cariño y afecto. Hay veces que en esas afecciones se lee el tiempo que llevan sin verse, y ella, a pesar de llevar siete horas viendo el mismo tipo de espectáculo, se emociona cada una de las veces que ve una escena similar.
Las maletas que llevan algunos son enormes, pesadas, pero van cargadas de vidas nuevas; eso lo sabe ella también. Son las cuatro y tiene hambre; no ha pensado en cogerse nada para comer. Tal y como se ha levantado esta mañana, se ha duchado, ha desayunado, ha cogido el bolso y ha ido al aeropuerto. Cuando se ha visto allí, se ha sentado en unas sillas que ya había probado antes y sin pensar en más, se ha decidido a esperar —nada en particular, una persona en especial— hasta que su cuerpo o, más probablemente, su mente dijera basta.
Se levanta sabiendo que los vuelos que acaban de llegar tienen su origen en África y en Europa del este. Se dirige en primer lugar al baño; lleva siete horas sentada y no puede más. Luego piensa en comprarse un bocadillo de esos preparados en el mismo quiosco donde se ha comprado la revista al llegar. Los dependientes no son los mismos. Se decide por una baguette de bacon y pollo, con una hoja de lechuga —que se supone que es el toque sano del bocadillo— y mayonesa. Desearía tanto poderse comer un bocadillo de pan con tomate y queso manchego… Se le hace la boca agua sólo pensando en ello.
Con el bocadillo en mano y una botella de agua en el bolso, vuelve a la zona de espera. Los del café Costa la vuelven a mirar extrañados. Ella sabe que la miran, pero lo que en cualquier otro momento le haría sentir incómoda, ahora no le importuna lo más mínimo. Tiene demasiadas cosas en la cabeza y muchas imágenes delante que observar.
Se come bastante a gusto el manjar del que se ha provisto en la tienda. No se lo habría comido de tan buena gana en su ciudad natal, pero esta ciudad no es como la suya; tiene grandes cosas, pero la gastronomía no es su fuerte —a pesar de contar con cientos de restaurantes y de insistir en que tienen de todo, ella está convencida que esta gente no sabe comer—. Se ríe por dentro y sonríe por fuera viendo todo lo que piensa mientras engulle la baguette en boca de su abuela. Será genético, piensa.
Pasan un par de horas más; se levanta y entra en la zona del café Costa. La miran, se miran entre ellos y, finalmente, un chico bastante lanzado y con un inglés aún más dudoso que el suyo, le atiende y le pregunta:
—¿Qué haces aquí?
—Esperar.
—¿A qué?
—A un vuelo.
—¿Alguno en concreto?
—El que me traiga a quien quiero ver.
Con esta breve charla y el capuccino en las manos, se vuelve a sentar y vuelve a adentrarse en las vidas de todos aquellos que llegan, o de aquellos que, como ella, esperan.
Han pasado ocho horas y media desde que llegó. Está cansada y sabe que no va a llegar. Mete la botella de agua en el bolso, se pone la chaqueta, enrolla la revista y se va al aparcamiento a coger el autobús de vuelta a la ciudad.
CAPÍTULO 2
Tras unos minutos en la cola esperando a coger el autobús, se monta y se ve rodeada de gente acabada de llegar a la gran ciudad, la mayoría de ellos turistas españoles que han venido desde Madrid por lo que deduce de algunas de las conversaciones a su alrededor.
Ha conseguido sentarse en el lado de la ventana y el asiento contiguo lo ocupa un hombre de mediana edad evidentemente inglés. Al parecer viene de un viaje de negocios, o eso es lo que le parece a ella por el traje que lleva —si es así, no entiende por qué coge un autobús para ir a la ciudad, pero está cansada para imaginar otras posibilidades sobre su vida—. Apoya la cabeza sobre la ventana, cierra los ojos y siente como poco a poco le invade una nostalgia que no esperaba.
De repente se acuerda de todos y cada uno de los que fue viendo el último día en su ciudad, de las despedidas, de los ánimos que le dieron, de lo mucho que le quieren y lo mucho que les quiere ella a todos ellos. La sensación de desamparo es más poderosa de lo que recuerda haber vivido en todos estos meses en su nuevo hogar.
Las lágrimas ruedan por su cara y no le importa que el resto de gente del autobús le puedan ver. Es una sensación amarga, pero a veces necesaria para darse cuenta de lo afortunada que ha sido siempre al tenerlos a todos, a pesar de enfados, a pesar de las diferentes etapas por las que ha llegado, a pesar de las distancias.
Ya no son todas aquellas personas las que invaden sin permiso su cabeza; ahora es esa persona a la que ha estado esperando en el aeropuerto durante horas y echa de menos sus abrazos, echa de menos que le rasque la espalda a la hora del café, echa de menos verla por detrás mientras cocina y ella va a por los cubiertos para poner la mesa, echa de menos esos domingos siendo pequeña, en los que se despertaba oyéndola cantar Ojalá que llueva café mientras pasaba el aspirador.
Recuerda levantarse con su hermana pequeña y asomarse desde la esquina del pasillo en forma de “L” para verla en su mundo con los cascos puestos y bailando con el mango del aspirador en la mano. Se reían de la escena a pesar de odiar despertarse por el ruido del aspirador. Ambas adoraban esos momentos de espías desde el oscuro pasillo.
Entre las lágrimas se asoma una sonrisa cubierta de muchos otros recuerdos y en este mar de sensaciones se envuelve y logra dormir algo más de media hora hasta que llega a su destino, donde no le queda más remedio que abrir los ojos, bajarse del autobús e ir a por un segundo autobús ya dentro de la ciudad; esta vez para dirigirse a su casa, o a la casa que contiene la habitación que alquila desde hace unos meses ya.
CAPÍTULO 3
Sube a uno de los autobuses que le llevan al centro. No sabe si hay algún otro que le lleve directamente a su casa, pero tampoco tiene ganas de ponerse a investigar: es tarde, llueve y está cansada.
El metro habría sido la opción más rápida si no fuera porque hace algo así como dos semanas que decidió coger el bono mensual de autobús porque le salía cuarenta libras más barato que el que incluye metro y bus. Son cuarenta libras al mes, pero necesita empezar a ahorrar algo, en vez de gastar todo lo que gana.
A sus espaldas se sienta una pareja de drogadictos. No están haciendo nada del otro mundo, no están molestando a nadie, pero se les ve en la cara, en los dientes casi perdidos y los rostros demacrados. Demasiadas drogas y ve a saber qué más. A decir verdad, prefiere a los drogadictos metidos en su mundo que a los locos metidos en el mundo de los demás. Locos que se encuentra cuando tiene que coger el segundo autobús; el que le lleva definitivamente a casa.
Hay algo en ese tramo que atrae a dementes. Siempre -absolutamente siempre-, hay al menos uno o dos locos hablando a gritos, compartiendo las desgracias habidas y por haber, intentando coincidir con una mirada ajena, quizás para poder conversar y fingir ante ellos mismos que son normales por unos instantes, o quizás para empezar una disputa culpando al otro u otra de un mal gesto o una mala mirada, cualquier cosa que les permita pelear cuando tienen los cables cruzados.
En este último trayecto se encierra en sí misma y evita miradas; sabe que es lo más prudente en esta ciudad, sabe que que si le hablan, lo mejor es seguir sumida en su mundo o dar una vaga respuesta, con una cara neutra y sabe que si alguien busca miradas, ella tiene que ir lo más lejos que sea posible de esa persona. Son tonterías, pero así se siente más segura.
Logra sentarse a medio camino y ve pasar por la ventana toda la ciudad a oscuras. Sigue habiendo vida, sigue la juventud con ganas de fiesta y los hombres de negocios empiezan a coger las maletas para irse a casa con algunas copas de más encima. Eso se lo conoce bien porque normalmente es ella la que sirve a esos hombres y mujeres de negocios, esos que miran por encima del hombro, pero que no saben situar su propia ciudad dentro de un mapa ni deletrear muchas de las palabras de su propio idioma. Salen de trabajar y entran al pub para emborracharse; no para ir a tomar algo con los amigos, sino para beber hasta emborracharse y así tener una excusa al día siguiente para haber dicho lo que quiera que suelten o para haber actuado como lo hicieran la noche anterior.
De nuevo le vienen a la cabeza las noches de los viernes y sábados, saliendo con sus amigos, con ganas de charlas, risas y pasarlo bien. Y las tardes de los domingos en casa, jugando a las cartas, apostando pesetas y más tarde céntimos, riéndose con toda la familia después de comer, haciendo trampas y usando ventanas y gafas para ver las cartas de los demás. En realidad, en casa nunca le ha hecho falta demasiado para pasarlo bien; si algo le han enseñado es que se puede disfrutar con cualquier cosa siempre y cuando estés a gusto con la gente que te rodea. Se ríe a solas recordando la lentitud de su tía jugando a las cartas, o las trampas de su padre o su tío. Se ríe recordando a su abuela sentada en el sofá estudiándose las revistas del corazón.
Seguro que han estado todos reunidos hoy y han hecho todo esto sin ella, seguro que han tenido un día genial, que se han reído, que han comido pastel y han jugado al remigio, al treinta y uno, al siete y medio…
De nuevo le echa mucho de menos y entre las risas, se le asoman las primeras e inevitables lágrimas. Hoy la loca del autobús es ella, por mucho que le pese.
CAPÍTULO 4
Ha llegado a su parada. Se levanta intentando no pisar a ninguno de los chavales que ocupan con las piernas estiradas parte del pasillo del autobús. Cuando el vehículo para, baja con otros tres chicos más que la miran e intentan cruzar las miradas para posiblemente dedicarle un guiño o intentar establecer una conversación corta e insulsa para ligársela.
Ella, ya acostumbrada a este tipo de acercamientos muy normales en esta ciudad, fija la mirada en la tienda de la esquina y camina con paso firme y decidido hacia ella ignorando todo lo demás.
Necesita comprar fruta; solo le queda una manzana en la nevera. Es curioso, porque cuando estaba en casa no comía apenas fruta. Era quizás el hecho de que se lo repitieran continuamente y fuese una obligación más que un placer o una mera posibilidad a escoger. Desde que se vino a vivir a esta casa, cada semana compra un par de bolsas de fruta: manzanas, plátanos, nectarinas, fresas… Todo depende de lo que le apetezca el día que la compra y de las pintas que tengan los alimentos; lo cierto es que come un par de piezas de fruta al día y le apetecen, no le supone ningún esfuerzo comérselas.
El dependiente de la tienda ya la conoce, le pregunta qué tal todo y se sorprende al verla tan temprano. Por norma general, va a comprar la fruta al llegar de trabajar, cuando sale el pub y coge el último autobús de camino al barrio turco, donde reside.
Con las bolsas llenas, sale de la tienda y empieza a caminar por su calle. Cruza y recuerda que el primer día que pasó en su nueva casa, fue a comprar todo lo que necesitaba, desde comida a gel de baño y cuando salió del supermercado descubrió que no podía con todo aquel peso. Tuvo que parar al menos cinco veces antes de llegar a su calle, porque llevaba demasiadas bolsas con demasiado peso y le estaban destrozando las manos. Cuando logró llegar al principio de su calle, hizo otra parada para recobrar el aliento y un chico se ofreció a ayudarle. Era polaco y le contaba que llevaba allí unos meses, que vivía solo y que le iba bien hablar con alguien más que no fuera de su trabajo. El hombre trabajaba conduciendo algo así como una grúa —ella no llegó a entender exactamente lo que era— y ganaba dinero para enviárselo a su familia y así algún día tener una casa decente en Polonia. Al parecer es algo habitual; muchos polacos vienen a la ciudad a trabajar una burrada de horas y así poder ahorrar algo de dinero para llevar una vida digna cuando vuelvan a casa.
Es una pena que no le haya vuelto a ver, y eso que viven en la misma calle. O quizás es que no le ha reconocido al cruzarse con él. Desde luego, le pareció un buen hombre y llegó en el mejor momento, cuando pensaba que sus manos ya no iban a responder.
Esta vez, con tan solo dos bolsas, llega a casa, guarda la fruta en la nevera y sube a su cuarto. Deja la chaqueta en el colgador que hay detrás de la puerta, se quita las bambas y se pone las zapatillas. Mira la agenda abierta sobre la mesa y ve una vez más que en el día de hoy, diez de agosto, hay en letras grandes, mayúsculas y rojas una palabra seguida por tres signos de exclamación: MAMA.
Coge su móvil español y hace una llamada perdida a su madre para que le llame de vuelta. Hace meses, en su casa contrataron un servicio para que las llamadas al extranjero les salieran más baratas y así poder hablar con ella cada vez que fuera posible. Es la única manera de sentirlos cerca aún sabiendo la de kilómetros que la separan de sus padres y su hermana.
CAPÍTULO 5
¡Holaaaa! ¡Felicidades! ¿Cómo va el día? ¿Estáis todos ahí? Ya, ya suponía que estaríais allí. ¿Os ha hecho buen día? Qué envidia… Seguro que se ha metido en la piscina hasta la tía. No, aquí todavía llueve. No, no es que haga frío, pero es que se empeñan en llamar verano a semanas y semanas de lluvia. Ni siquiera han visto el sol hoy y van todos con las chanclas y los tirantes. Jajaja, no, yo todavía no he llegado a esos niveles, las chanclas me las pongo por casa para tener presente que en casa es verano.
¿Qué te han regalado? ¡Ah! Qué chulo, envíame las fotos cuando puedas. Eso quién, ¿los tíos? ¿Están los primos ahí también? ¿Quién ha mojado a la yaya? Le habrán estropeado la permanente.
Sí, ya voy buscando información para el viaje, cuando pueda te la envío y así la tienes imprimida cuando nos juntemos. Creo que tendré que dormir en el aeropuerto, porque el vuelo es muy temprano y si tengo que coger todos los autobuses nocturnos, no sé si me saldrá a cuenta pasar por casa. Sí, podría coger un taxi, pero es súper caro, así que tampoco me sale a cuenta. No sé, ya veré qué hago. Lo más probable es que tenga que investigar las opciones el día de antes y me acabe comprando un libro para leer en el aeropuerto si no me duermo. Que sí, que tendré cuidado, no te preocupes.
No, de momento no me han contestado de ninguno de los sitios a los que he enviado currículos, pero sigo probando. La semana que viene creo que vuelve la mujer aquella que me contactó y dijo que estaba interesada en mí, pero no estoy segura. Ya veremos.
¿Qué se oye de fondo? Diles que no armen tanto jaleo, que no me entero si están gritando los dos a la vez. Sí, yo también os echo de menos. Vale, que acabe bien el día; yo me iré a dormir ya, que se me ha hecho tarde y mañana tengo el turno de mañana. No, no he cenado, pero tampoco tengo hambre. Que nooo, no te preocupes, que no paso hambre.
Buenas noches, mama. Nos vemos pronto. ¡Feliz cumpleaños! Un beso.
Cuelga el teléfono y aún sentada en el cuarto vacío, cierra los ojos, llora una vez más, se lleva las manos a la nuca, se tumba sobre la moqueta y piensa en lo bien que se lo habría pasado de haber pasado el día con ellos; en lo mucho que le ha echado de menos hoy y en lo poco que se lo dice sabiendo que lo necesita ella también.
Piensa en la carta que tiene sobre el escritorio. Se la iba a enviar, pero al final se quedó en casa y ahora ya es tarde para mandársela. Lo que quería es que la recibiera el mismo día de su cumpleaños, pero no compró los sellos a tiempo y se ponía excusas a sí misma pensando que no sabía cuánto tardaría en llegar. Era una carta bonita, seguro que a mamá le habría gustado, pero ya es tarde; posiblemente ronde por la habitación unas cuantas semanas, para acabar guardada en la carpeta azul, junto a tantos otros recuerdos.
PD. La última parte del texto, que no está aquí, es la carta no enviada. Ha sido la única manera de darle mi regalo a mi madre a distancia… El primer año en mi vida que me pierdo el cumpleaños de mi madre.